Un día me dijeron que ser gay era decepcionante. Yo creo que es la zorra

viernes, 11 de mayo de 2007

¿Amor?

El otro día me enamoré de alguien pero ni la conocía. Jamás
lo esperé. ¿Quién se puede enamorar de alguien que no conoce?, ¿es necesario
conocer para amar?, ¿se puede amar?

Yo decía que no, ¡NO! Amar es
imposible porque uno nunca está seguro de lo que siente. Sería muy malo comenzar
algo con alguien si no estamos seguros de ese algo ni de ese
alguien.

Estar seguro es el problema fundamental. Seguro de sí y de
no. Seguro de que es seguro. Seguro de que es bueno este nuevo sentimiento.
Seguro de que durará…porque si no va a durar, ¿para qué hacerse
problema?

Mi amiga Francisca me decía que estaba equivocado. Que lo
único cierto es la experiencia y que negarse a vivir la experiencia es negarse a
vivir. Yo no me podía negar a vivir, ¡jamás! No podía porque yo creo en la vida
y en las cosas buenas que ella nos tiene preparadas.

Por eso el
otro día me enamoré. Fue hermoso. Pero también triste porque se acabó pronto.
Por lo menos para mi fue pronto… ya ni me acuerdo cuánto duró, sólo me acuerdo
de haberlo vivido. Francisca tenía razón.

Viví el amor, creo. Y la
vida es buena. Pero también es malvada porque uno vive el amor siempre solo,
nunca acompañado. Jajaja, los sorprendí. ¿Nunca acompañado? Pues así es. Uno
vive el amor. Nunca estaremos seguros de si el otro lo está viviendo
también.

Yo ahora estoy seguro de que la otra no lo vivió conmigo.
Hubiera sido bueno, para los dos. Lo hubiéramos pasado bien juntos. Yo soy
chistoso, ella también. Aunque no la conozco… pero no es necesario. El amor se
me pasó y ahora estoy listo para embriagarme de nuevo.

Peligro en el Puerto

Carrete nocturno en el puerto de Valparaíso. Calles oscuras, cerros interminables y soledad. Rodrigo, de 23 años y su amiga-amante Andrea deciden pasar esa noche en la vertiginosa discotheque “Pagano”. En un ambiente de locura y sexualidad la noche pasa y la pareja decide irse.

Eran las 3.00 de la madrugada y la noche merecía una culminación más emocionante. Una botillería cercana, un par de cervezas, unos cigarros y cada uno para su casa. La noche no presentaba problemas para volver a sus hogares ya que la distancia entre la botillería y cada vivienda era corta. Un beso de despedida y en instantes los dos estarían durmiendo en sus confortables camas.

Rodrigo mira el camino que Andrea deberá atravesar para llegar a su casa. Dos hombres caminan en la dirección contraría, pero no parecen peligrosos. Pasan al lado de su amiga-amante y nada pasa. Tranquilamente toma el camino de regreso... “¿Me das un cigarro?” le grita uno de los hombres. Ya frente a frente e imposibilitado de negarse, Rodrigo, ingenuamente, empieza a sacar un cigarro. Con una rapidez profesional, el hombre saca un cuchillo y lo aprieta en contra de su abdomen.

La muerte es en lo único que la víctima piensa. Lleno de sangre y tirado en el suelo imagina su oscuro futuro. Mejor que todo terminara ahí. Pero los asaltantes no tienen la misma intención. Furioso sin razón, el hombre y su acompañante lo llevan hasta un callejón que termina en una quebrada. En contra de la pared pero ahora con el cuchillo en el cuello, Rodrigo no percibe nada y sigue imaginándose muerto. “Pobre mamá que se va a quedar sola”, piensa. Golpeado por el otro secuaz y sin escuchar lo que su inminente “asesino” le grita, comienza a sacarse la chaqueta, luego su polera y zapatillas y por último entrega su mochila.

Ahora debe venir el fin...pero no. Los asaltantes lo empujan a la quebrada, rueda entre piedras y tierra mientras cae. Ya liberado de sus casi verdugos, el asaltado comienza la huida. Entre una lluvia de piedras, Rodrigo corre desesperado, como recién despertando de una pesadilla.

Con nada más que unos pequeños cortes, moretones y un susto paralizador e inolvidable, Rodrigo llega a su casa. “¡Me asaltaron, me asaltaron!” es lo único que puede decir. A pesar del consuelo que su mamá le dio, no puede dormir durante toda esa noche. Por una semana mira a toda la gente que pasa cerca suyo como un posible asaltante, por una semana la sombra de esa noche no lo deja tranquilo. Así y todo, el fin de semana siguiente vuelve al carrete nocturno porteño y el asalto no es más que una excelente anécdota para los amigos.
La vieja de la mesa:

“Fue para proteger a mi hijo”

Rubia, casi albina. Era el Día del Trabajador y el show de la sonora de “Tommy Rey” le atraía. Pero los disturbios en la Alameda fueron tan graves que no encontró mejor idea que cubrirse con una mesa de una sucursal bancaria que estaba siendo saqueada... todo frente a las cámaras de los noticarios. En esos caóticos momentos, Patricia Villablanca ni se imaginaba la fama que alcanzaría. Pero nunca más con su nombre. Ahora sería conocida como “la vieja de la mesa”.


Era primero de mayo de 2006, Día del Trabajador, y Patricia Villablanca, dibujante técnico y madre de cinco hijos, se había enterado de que el show contaría con la presencia de su ídolo: “Tommy Rey”. Era imperdible. Se puso un buzo blanco muy cómodo, y unos zapatos que combinaran con su cartera. “Siempre me procupo de andar lo más bonita que puedo”, asegura. Y así fue como partió junto a su hijo de ocho años a la manifestación.

El acto terminó en graves desórdenes y debido a ellos, dice Patricia, entró a una sucursal del Banco Santander y sacó una mesa para proteger a su hijo de la lluvia de piedras que caía sobre la Alameda. "Yo andaba con mi hijo chico. No fue para protegerme yo, fue para proteger a mi hijo. Debieron haberme filmado hasta cuando llegué a la esquina de Lira con Alameda. La mesa quedó en la farmacia Cruz Verde de Marcoleta con Lira”. Pero el hecho es que justo en ese momento estaba siendo grabada por una cámara de Chilevisión, canal que, de toda la manifestación, rescataría sólo esa imagen para mostrar en su noticiario.

En busca de la vieja y de la mesa

Al otro día todos los medios de comunicación buscaban el domicilio de la ya bautizada “vieja de la mesa”. “Casi me morí –cuenta Patricia–. De un momento a otro, todo el mundo estaba hablando de mí”. Fue por eso que decidió quedarse en su casa, oscurecer el color de su cabello y tratar de hacer bajar su presión, que por la impresión era muy alta. Pero en esos instantes, una estudiante de periodismo en práctica de Chilevisión había logrado encontrarla y la esperaba, con micrófono y todo, afuera de su casa. “Cagué. Eso fue lo que pensé”, reflexionaría Patricia días después.

Patricia, a pesar de sus buenas intenciones, había cometido un delito y la justicia no tardaría en llegar. El fiscal a cargo del caso, Leonardo de la Prida, siempre dijo que la mujer estaba arrepentida y que, aunque había cometido un error, no merecía ser tratada de la manera en que los medios lo habían hecho. Las penas que arriegaba ascendían a los 540 días de presidio. No obstante, de la mesa jamás se supo.

Lo que sí quedó claro fue que el juez a cargo, Guillermo de la Barra, jamás le creyó. “La versión que ha dado la afectada (...) no resiste ningún análisis, porque es absolutamente burda, y basta con ver los videos (para notar) que ella con toda tranquilidad saca la mesa, y no se ve una mujer desesperada”, dijo el magistrado. A esto se sumó su repentino cambio de apariencia, el cual sólo causó más dudas. “Sí me arreglé el pelo –explica– , porque yo me lo arreglo constantemente. Eso lo comprobamos con el fiscal. Yo llevé mis fotos de cómo me he teñido el pelo, cómo me he hecho cortes de pelo. ¡Soy mujer y me quiero un poquito también!".

Mientras el juicio se desarrollaba, los medios se regozijaban por lo atractivo de la historia. Incluso una cadena comercial enfocada en el hogar y la construcción realizó un comercial mostrando la imágen de Patricia llevándose la mesa con el eslogan de “Ahora es más fácil cambiar los muebles de su casa”. Esto la indignó. “Aparece mi imagen con unos cuadritos encima, o sea, es obvio que soy yo. Es que esto no puede seguir para siempre. Ganan plata con mi cara”, alega. Pero el show no terminó. Pronto empezaron a llamarla de los canales de televisión para que contara su historia ante las cámaras. La llamó Felipe Camiroaga para invitarla a un panel con Cecilia Bolocco y “Eli” de Caso. También “Leo” Caprile. Pero ninguno recibió respuestas positivas.

Es que esta mujer, debota del Padre Hurtado y ferviente participante de Pastoral del Liceo de su hijo, estaba desilusionada de los medios, de cómo la habían tratado, de las burlas y del estigma. “Así como están en este minuto al lado mío, siguiendo mis pasos como una delincuente común, debieran estarlo haciendo con el señor Sacarach que anda libre de polvo y paja”, les dijo en una ocasión a los periodistas que la acosaban en cada salida de la fiscalía Centro Norte, mostrando todo su enojo. Por eso no dudó en rechazar las invitaciones... hasta que cedió, claro.

De delincuente a figura de Televisión

El 17 de mayo, justo el día de su cumpleaños, Patricia apareció por primera vez en la televisión no como una delincuente, sino como invitada. El matinal “Gente como Tú” de Chilevisión, el mismo canal que la delató ese 1 de mayo, ahora la presentaba como figura del espectáculo. “Leo” Caprile, el mismo que días atrás le habia dicho por teléfono que en el video no se veían piedras, ahora le pedía disculpas de rodillas, le regalaba una mesa de centro (con florero y todo), le cantaba Por debajo de la mesa de Luis Miguel y ensalzaba en alagos. Al parecer, la situación había sido superada.

Fuera del set, Patricia dijo que “había que desdramatizar esta historia porque ya pasó y quiero dar vuelta la página. Quiero celebrar mi cumpleaños, hoy en la casa y el fin de semana con la familia. Capaz que termine bailando arriba de la mesa”. Pero las repercusiones, luego de su aparición, no tardaron en aparecer. El sociólogo y escritor, Pablo Huneeus, completamente ofuscado, dijo al diario La Cuarta: "Con esto estamos legitimando la delincuencia en una actitud tremendamente perversa porque es atribuible a estudiantes, al movimiento social".

Giorgio Agostini, psicólogo, también mostró su enojo, con la señora y con los medios. "Eso es hurto. Lo sorprendente y que nos preocupa a quienes trabajamos también la psicología social es cómo actos negativos, que son delictivos y punitivos, se les tienda casi a neutralizar. Como esta señora, que la exponen como un ejemplo", alegó en el mismo medio.

A pesar de las criticas y las burlas, Patricia Villablanca se alejó de los medios y de la fama. Ahora pretende llevar una vida más tranquila. “Es primera vez que salgo en la tele o en los diarios y mira por lo que salgo. Ojalá la prensa se preocupase de mostrar lo que era yo antes de todo esto, una mujer común y corriente que hacía muchas cosas buenas”, afirma. Seguramente se llevó una lección. Para la próxima vez pensará dos veces antes de protegerse con una mesa... tal vez escoja una silla.


¿Qué le sobra a la escuela de periodismo de la Universidad de Chile?

Frente a las muchas deficiencias que presentan las diferentes unidades, moléculas, neutrones, académicos de la Universidad de Chile, nace el punto de vista justamente contrario: qué es lo que sobra.

Sabemos qué es lo que le falta: infraestructura, más y mejores profesores, mejores alumnos (hay que decirlo), conexión con el mercado mediático del país, instrumentos tecnológicos, etc. Sin titubeos ni nerviosismo me atreveré a decir qué le sobra a la primera escuela de periodistas del país.

Justamente le sobra ese título, ese tan desgraciado título de nobleza, de relevancia que no es más que la justificación para la mediocridad que se esconde en los recuerdos de lo que fue mejor. Me imagino cómo muchos continúan confundiendo “primera” con “mejor”. Y no me digan, ustedes, egocéntricos estudiantes, que nunca han enarbolado esa bandera porque no les creo. La escuela de periodismo de “la Chile” aún flota sobre este cimiento errado.

Podrían decir que esta situación no tiene problema, que no tiene más que buenos resultados para la institución, que incluso sirve de estrategia de marketing (y gratuita). Pero, ¿no es este rótulo el que nos hace mirar a las demás escuelas de periodismo como inferiores sólo por haber nacido después? Este ensueño hace que nos atrasemos, que nos recostemos en nuestros logros pasados y que los nuevos sigan esforzándose y nosotros no.

Y esto va más allá de una competencia de mercado con las demás universidades. Las dimensiones de esta sobreestima producen veneno corrosivo: La Olga (secretaria de estudios) es lenta en su trabajo porque tiene muchas funciones, Muñoz (profesor de redacción) no actualiza su ramo porque cree que “debe” ser así, Faride (directora del instituto de la comunicación e imagen) no baja del tercer piso porque está muy ocupada en la dirección, la sala de computación no tiene computadores buenos porque no hay más plata…pero nada de esto es tan grave porque somos la primera escuela de periodismo del país.

Sobra escritura, sobra ensimismamiento, sobra arribismo, sobra flojera, sobran los profesores que no bajan a la calle, sobran los profesores que no se manifiestan políticamente con sus alumnos, sobran alumnos. Qué desastroso el panorama de esta, la primera escuela de periodismo.

Sobras, como las de los centros de comida rápida. Mal olientes y en descomposición. Apurémonos porque de lo contrario la primera pasará a ser la última.

Infancia


Centro social por excelencia:

¿QUIÉN DIJO QUE LAS PLAZAS ERAN ABURRIDAS?

Si alguna vez decides visitar Santiago, ciudad contaminada, sobrepoblada y muy vilipendiada, destino obligado es su Plaza de Armas. Con árboles, basura, ruido, smog y todo tipo de personas, aquí nadie puede sentirse como un extraño. Lo único que necesitas es sentido del humor y una gran capacidad de asombro.


El carro de limpieza pasa por tu lado sin ninguna muestra de respeto. Es un automóvil tan extraño y llamativo, mitad futurista, mitad tercermundista, que las ganas de gritarle “¡cuidado!” al conductor se esfuman apenas lo vemos, al igual que esa basura que el carrito acaba de llevarse bajo sus cepillos. De esta manera y por horas eternas, la extraña máquina limpia colillas de cigarros, papeles de helado, caca de palomas, y todo sin entorpecer el normal desarrollo de la vida de la espléndida Plaza de Armas de Santiago.

Si preguntamos a cualquier santiaguino por la Plaza de Amas, la respuesta preferida siempre hará mención especial a la delincuencia. No importa la arquitectura, ni la catedral más barroca del país, ni las espectaculares rutinas humorísticas de los artistas y menos que sea, aunque muchos no lo crean, el sector más “metropolitano” de toda la Región Metropolitana. Lo que más llama la atención es la peligrosísima y mediatizada delincuencia, aquella que ataca sin previo aviso y de la que no podemos escapar.

Con este macabro pronóstico nos acercamos al truculento centro social. No falta el provinciano que, asustado por este y muchos otros comentarios, afirma con fuerza sobrehumana su bolso para que no le roben. Pero grande es la sorpresa cuando, al final del día y luego de haber visitado la capital, vuelve a su provincia con lo mismo que se fue. Ni robo, ni asalto. Otro de los mitos capitalinos.

Pero esto no quiere decir que la plaza sea una extensión al aire libre de la catedral de Santiago, algo así como el centro ciudadano más seguro. Existe prostitución, nocturna y diurna, existe tráfico de drogas, nocturno y diurno, pero, así y todo, la Plaza no pierde su encanto. Y así lo confirma Nicolás, un niño de no más de 12 años que, migas en mano y con sonrisa plena, disfruta corriendo entre las decenas de palomas que pueblan todos los rincones del antaño centro de armas colonial.

Con miras a la Plaza de San Pedro, allá en Italia, la Plaza de Armas ha encontrado en las palomas sus nuevas aliadas para atraer a la gente. Ya no vistas como la plaga plumífera que son, las palomas revolotean por las bancas, no se asustan con los humanos transeúntes, se bañan en la pileta y ensucian toda superficie desnuda que encuentren en su camino. No exagero cuando digo que, apenas veas una bandada aproximarse, lo mejor es cubrirse con lo más cercano que tengas. Si no me crees, pregúntale a la señorita que acaba de ser bombardeada por dicho cuerpo aéreo.

Sin embargo, a Nicolás no le importa. Lo único que sabe es que esto es lo más divertido del mundo. La mamá le dice, con tono autoritario, que deben irse, que “no te traeré más si no te quieres ir. Más encima te ensuciaste todos los pantalones”. Nicolás es convencido y acata la orden. Y la vida en la plaza continúa.

Cerca de la pileta es donde lo más excéntrico tiene su lugar. Aquí habita el hombre más cuerdo que podamos ver, siempre y cuando obviemos su perpetuo estado de embriaguez. Alto, canoso y bien vestido, ataca a la presidenta Bachelet y a toda su “manga de ladrones de La Moneda”. Algunos se preguntan si se trata de otra de esas rutinas humorísticas que podemos apreciar en esta plaza. Pero no, así es él, así es su vida. Hace años que se sienta en esa banca, olvidado por su familia. Si alguien lo mira con cara de lástima él es el primero en lanzar una broma que disipe la amargura.

Habla y habla, imaginando que alguien lo escucha. “Bienvenidos al Hotel Plaza. Yo tomo vino de santo, el Santa Rita la linda”, dice en voz alta para que alguien le ponga atención. Pero no se da cuenta de que es una más de las tantas atracciones que este lugar tiene para ofrecer. La gente pasa, lo mira y continúa. Él sigue comiendo su tocino y bebiendo su vino de santo. Aunque nadie lo escuche, él seguirá alzando la voz.

A pesar de estar sentados a dos metros del hombre, la pareja más ardiente de la ciudad ni se inmuta con sus dichos. Sólo tienen energía para mantener su beso de amor, el más extenso que haya podido ver en toda mi vida. Más de veinte minutos intercambiando saliva, sólo interrumpidos para cambiar de asiento. Dos ancianas pasan por su lado y lentamente se detienen a mirar la osada escena. Con cara de espanto siguen su camino. Es que si pisamos esta promiscua porción de suelo capitalino debemos estar preparados para poner en marcha toda nuestra capacidad de asombro.

Más allá, detrás de una gran muchedumbre, se escuchan dos voces que, con notable esfuerzo, se levantan sobre las risas y los demás ruidos del ambiente. Se trata de dos humoristas, personajes inolvidables del sector. Su rutina, con notables dosis de picardía y sexualidad, congrega a ejecutivos, trabajadores, estudiantes, ancianos, turistas, carabineros, pintores, peruanos y vendedores. Este tipo de espectáculos hace de la Plaza de Armas el único espacio en que la sociedad se une, donde no hay diferencias ni fronteras. Aquí hay encuentro y espontaneidad. Lástima que dure mientras las risas se escuchen. Después de éstas, cada cual sigue su camino.

Pero la plaza sigue viva incluso sin las risas. Todavía tiene a ese hombre gritando, ahora en contra de un evangélico que intenta evangelizar en la vía pública. También le queda la señora que vende migas para alimentar a las palomas. Y no olvidemos a la otra señora, aquella que pide, más bien exige, con la mano bien extendida y sin ninguna muestra de humildad, cien pesos. Y los peruanos y los pintores y los turistas y los limpiabotas. Nadie queda fuera, cada uno aporta sus características únicas para enriquecer este centro social. Si visitas Santiago, destino obligado es esta maravilla citadina. Con árboles, basura, ruido, smog y mucha gente, aquí nadie puede sentirse como un extraño.