Centro social por excelencia:
¿QUIÉN DIJO QUE LAS PLAZAS ERAN ABURRIDAS?
Si alguna vez decides visitar Santiago, ciudad contaminada, sobrepoblada y muy vilipendiada, destino obligado es su Plaza de Armas. Con árboles, basura, ruido, smog y todo tipo de personas, aquí nadie puede sentirse como un extraño. Lo único que necesitas es sentido del humor y una gran capacidad de asombro.
El carro de limpieza pasa por tu lado sin ninguna muestra de respeto. Es un automóvil tan extraño y llamativo, mitad futurista, mitad tercermundista, que las ganas de gritarle “¡cuidado!” al conductor se esfuman apenas lo vemos, al igual que esa basura que el carrito acaba de llevarse bajo sus cepillos. De esta manera y por horas eternas, la extraña máquina limpia colillas de cigarros, papeles de helado, caca de palomas, y todo sin entorpecer el normal desarrollo de la vida de la espléndida Plaza de Armas de Santiago.
Si preguntamos a cualquier santiaguino por la Plaza de Amas, la respuesta preferida siempre hará mención especial a la delincuencia. No importa la arquitectura, ni la catedral más barroca del país, ni las espectaculares rutinas humorísticas de los artistas y menos que sea, aunque muchos no lo crean, el sector más “metropolitano” de toda la Región Metropolitana. Lo que más llama la atención es la peligrosísima y mediatizada delincuencia, aquella que ataca sin previo aviso y de la que no podemos escapar.
Con este macabro pronóstico nos acercamos al truculento centro social. No falta el provinciano que, asustado por este y muchos otros comentarios, afirma con fuerza sobrehumana su bolso para que no le roben. Pero grande es la sorpresa cuando, al final del día y luego de haber visitado la capital, vuelve a su provincia con lo mismo que se fue. Ni robo, ni asalto. Otro de los mitos capitalinos.
Pero esto no quiere decir que la plaza sea una extensión al aire libre de la catedral de Santiago, algo así como el centro ciudadano más seguro. Existe prostitución, nocturna y diurna, existe tráfico de drogas, nocturno y diurno, pero, así y todo, la Plaza no pierde su encanto. Y así lo confirma Nicolás, un niño de no más de 12 años que, migas en mano y con sonrisa plena, disfruta corriendo entre las decenas de palomas que pueblan todos los rincones del antaño centro de armas colonial.
Con miras a la Plaza de San Pedro, allá en Italia, la Plaza de Armas ha encontrado en las palomas sus nuevas aliadas para atraer a la gente. Ya no vistas como la plaga plumífera que son, las palomas revolotean por las bancas, no se asustan con los humanos transeúntes, se bañan en la pileta y ensucian toda superficie desnuda que encuentren en su camino. No exagero cuando digo que, apenas veas una bandada aproximarse, lo mejor es cubrirse con lo más cercano que tengas. Si no me crees, pregúntale a la señorita que acaba de ser bombardeada por dicho cuerpo aéreo.
Sin embargo, a Nicolás no le importa. Lo único que sabe es que esto es lo más divertido del mundo. La mamá le dice, con tono autoritario, que deben irse, que “no te traeré más si no te quieres ir. Más encima te ensuciaste todos los pantalones”. Nicolás es convencido y acata la orden. Y la vida en la plaza continúa.
Cerca de la pileta es donde lo más excéntrico tiene su lugar. Aquí habita el hombre más cuerdo que podamos ver, siempre y cuando obviemos su perpetuo estado de embriaguez. Alto, canoso y bien vestido, ataca a la presidenta Bachelet y a toda su “manga de ladrones de La Moneda”. Algunos se preguntan si se trata de otra de esas rutinas humorísticas que podemos apreciar en esta plaza. Pero no, así es él, así es su vida. Hace años que se sienta en esa banca, olvidado por su familia. Si alguien lo mira con cara de lástima él es el primero en lanzar una broma que disipe la amargura.
Habla y habla, imaginando que alguien lo escucha. “Bienvenidos al Hotel Plaza. Yo tomo vino de santo, el Santa Rita la linda”, dice en voz alta para que alguien le ponga atención. Pero no se da cuenta de que es una más de las tantas atracciones que este lugar tiene para ofrecer. La gente pasa, lo mira y continúa. Él sigue comiendo su tocino y bebiendo su vino de santo. Aunque nadie lo escuche, él seguirá alzando la voz.
A pesar de estar sentados a dos metros del hombre, la pareja más ardiente de la ciudad ni se inmuta con sus dichos. Sólo tienen energía para mantener su beso de amor, el más extenso que haya podido ver en toda mi vida. Más de veinte minutos intercambiando saliva, sólo interrumpidos para cambiar de asiento. Dos ancianas pasan por su lado y lentamente se detienen a mirar la osada escena. Con cara de espanto siguen su camino. Es que si pisamos esta promiscua porción de suelo capitalino debemos estar preparados para poner en marcha toda nuestra capacidad de asombro.
Más allá, detrás de una gran muchedumbre, se escuchan dos voces que, con notable esfuerzo, se levantan sobre las risas y los demás ruidos del ambiente. Se trata de dos humoristas, personajes inolvidables del sector. Su rutina, con notables dosis de picardía y sexualidad, congrega a ejecutivos, trabajadores, estudiantes, ancianos, turistas, carabineros, pintores, peruanos y vendedores. Este tipo de espectáculos hace de la Plaza de Armas el único espacio en que la sociedad se une, donde no hay diferencias ni fronteras. Aquí hay encuentro y espontaneidad. Lástima que dure mientras las risas se escuchen. Después de éstas, cada cual sigue su camino.
Pero la plaza sigue viva incluso sin las risas. Todavía tiene a ese hombre gritando, ahora en contra de un evangélico que intenta evangelizar en la vía pública. También le queda la señora que vende migas para alimentar a las palomas. Y no olvidemos a la otra señora, aquella que pide, más bien exige, con la mano bien extendida y sin ninguna muestra de humildad, cien pesos. Y los peruanos y los pintores y los turistas y los limpiabotas. Nadie queda fuera, cada uno aporta sus características únicas para enriquecer este centro social. Si visitas Santiago, destino obligado es esta maravilla citadina. Con árboles, basura, ruido, smog y mucha gente, aquí nadie puede sentirse como un extraño.
¿QUIÉN DIJO QUE LAS PLAZAS ERAN ABURRIDAS?
Si alguna vez decides visitar Santiago, ciudad contaminada, sobrepoblada y muy vilipendiada, destino obligado es su Plaza de Armas. Con árboles, basura, ruido, smog y todo tipo de personas, aquí nadie puede sentirse como un extraño. Lo único que necesitas es sentido del humor y una gran capacidad de asombro.
El carro de limpieza pasa por tu lado sin ninguna muestra de respeto. Es un automóvil tan extraño y llamativo, mitad futurista, mitad tercermundista, que las ganas de gritarle “¡cuidado!” al conductor se esfuman apenas lo vemos, al igual que esa basura que el carrito acaba de llevarse bajo sus cepillos. De esta manera y por horas eternas, la extraña máquina limpia colillas de cigarros, papeles de helado, caca de palomas, y todo sin entorpecer el normal desarrollo de la vida de la espléndida Plaza de Armas de Santiago.
Si preguntamos a cualquier santiaguino por la Plaza de Amas, la respuesta preferida siempre hará mención especial a la delincuencia. No importa la arquitectura, ni la catedral más barroca del país, ni las espectaculares rutinas humorísticas de los artistas y menos que sea, aunque muchos no lo crean, el sector más “metropolitano” de toda la Región Metropolitana. Lo que más llama la atención es la peligrosísima y mediatizada delincuencia, aquella que ataca sin previo aviso y de la que no podemos escapar.
Con este macabro pronóstico nos acercamos al truculento centro social. No falta el provinciano que, asustado por este y muchos otros comentarios, afirma con fuerza sobrehumana su bolso para que no le roben. Pero grande es la sorpresa cuando, al final del día y luego de haber visitado la capital, vuelve a su provincia con lo mismo que se fue. Ni robo, ni asalto. Otro de los mitos capitalinos.
Pero esto no quiere decir que la plaza sea una extensión al aire libre de la catedral de Santiago, algo así como el centro ciudadano más seguro. Existe prostitución, nocturna y diurna, existe tráfico de drogas, nocturno y diurno, pero, así y todo, la Plaza no pierde su encanto. Y así lo confirma Nicolás, un niño de no más de 12 años que, migas en mano y con sonrisa plena, disfruta corriendo entre las decenas de palomas que pueblan todos los rincones del antaño centro de armas colonial.
Con miras a la Plaza de San Pedro, allá en Italia, la Plaza de Armas ha encontrado en las palomas sus nuevas aliadas para atraer a la gente. Ya no vistas como la plaga plumífera que son, las palomas revolotean por las bancas, no se asustan con los humanos transeúntes, se bañan en la pileta y ensucian toda superficie desnuda que encuentren en su camino. No exagero cuando digo que, apenas veas una bandada aproximarse, lo mejor es cubrirse con lo más cercano que tengas. Si no me crees, pregúntale a la señorita que acaba de ser bombardeada por dicho cuerpo aéreo.
Sin embargo, a Nicolás no le importa. Lo único que sabe es que esto es lo más divertido del mundo. La mamá le dice, con tono autoritario, que deben irse, que “no te traeré más si no te quieres ir. Más encima te ensuciaste todos los pantalones”. Nicolás es convencido y acata la orden. Y la vida en la plaza continúa.
Cerca de la pileta es donde lo más excéntrico tiene su lugar. Aquí habita el hombre más cuerdo que podamos ver, siempre y cuando obviemos su perpetuo estado de embriaguez. Alto, canoso y bien vestido, ataca a la presidenta Bachelet y a toda su “manga de ladrones de La Moneda”. Algunos se preguntan si se trata de otra de esas rutinas humorísticas que podemos apreciar en esta plaza. Pero no, así es él, así es su vida. Hace años que se sienta en esa banca, olvidado por su familia. Si alguien lo mira con cara de lástima él es el primero en lanzar una broma que disipe la amargura.
Habla y habla, imaginando que alguien lo escucha. “Bienvenidos al Hotel Plaza. Yo tomo vino de santo, el Santa Rita la linda”, dice en voz alta para que alguien le ponga atención. Pero no se da cuenta de que es una más de las tantas atracciones que este lugar tiene para ofrecer. La gente pasa, lo mira y continúa. Él sigue comiendo su tocino y bebiendo su vino de santo. Aunque nadie lo escuche, él seguirá alzando la voz.
A pesar de estar sentados a dos metros del hombre, la pareja más ardiente de la ciudad ni se inmuta con sus dichos. Sólo tienen energía para mantener su beso de amor, el más extenso que haya podido ver en toda mi vida. Más de veinte minutos intercambiando saliva, sólo interrumpidos para cambiar de asiento. Dos ancianas pasan por su lado y lentamente se detienen a mirar la osada escena. Con cara de espanto siguen su camino. Es que si pisamos esta promiscua porción de suelo capitalino debemos estar preparados para poner en marcha toda nuestra capacidad de asombro.
Más allá, detrás de una gran muchedumbre, se escuchan dos voces que, con notable esfuerzo, se levantan sobre las risas y los demás ruidos del ambiente. Se trata de dos humoristas, personajes inolvidables del sector. Su rutina, con notables dosis de picardía y sexualidad, congrega a ejecutivos, trabajadores, estudiantes, ancianos, turistas, carabineros, pintores, peruanos y vendedores. Este tipo de espectáculos hace de la Plaza de Armas el único espacio en que la sociedad se une, donde no hay diferencias ni fronteras. Aquí hay encuentro y espontaneidad. Lástima que dure mientras las risas se escuchen. Después de éstas, cada cual sigue su camino.
Pero la plaza sigue viva incluso sin las risas. Todavía tiene a ese hombre gritando, ahora en contra de un evangélico que intenta evangelizar en la vía pública. También le queda la señora que vende migas para alimentar a las palomas. Y no olvidemos a la otra señora, aquella que pide, más bien exige, con la mano bien extendida y sin ninguna muestra de humildad, cien pesos. Y los peruanos y los pintores y los turistas y los limpiabotas. Nadie queda fuera, cada uno aporta sus características únicas para enriquecer este centro social. Si visitas Santiago, destino obligado es esta maravilla citadina. Con árboles, basura, ruido, smog y mucha gente, aquí nadie puede sentirse como un extraño.
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