Carrete nocturno en el puerto de Valparaíso. Calles oscuras, cerros interminables y soledad. Rodrigo, de 23 años y su amiga-amante Andrea deciden pasar esa noche en la vertiginosa discotheque “Pagano”. En un ambiente de locura y sexualidad la noche pasa y la pareja decide irse.
Eran las 3.00 de la madrugada y la noche merecía una culminación más emocionante. Una botillería cercana, un par de cervezas, unos cigarros y cada uno para su casa. La noche no presentaba problemas para volver a sus hogares ya que la distancia entre la botillería y cada vivienda era corta. Un beso de despedida y en instantes los dos estarían durmiendo en sus confortables camas.
Rodrigo mira el camino que Andrea deberá atravesar para llegar a su casa. Dos hombres caminan en la dirección contraría, pero no parecen peligrosos. Pasan al lado de su amiga-amante y nada pasa. Tranquilamente toma el camino de regreso... “¿Me das un cigarro?” le grita uno de los hombres. Ya frente a frente e imposibilitado de negarse, Rodrigo, ingenuamente, empieza a sacar un cigarro. Con una rapidez profesional, el hombre saca un cuchillo y lo aprieta en contra de su abdomen.
La muerte es en lo único que la víctima piensa. Lleno de sangre y tirado en el suelo imagina su oscuro futuro. Mejor que todo terminara ahí. Pero los asaltantes no tienen la misma intención. Furioso sin razón, el hombre y su acompañante lo llevan hasta un callejón que termina en una quebrada. En contra de la pared pero ahora con el cuchillo en el cuello, Rodrigo no percibe nada y sigue imaginándose muerto. “Pobre mamá que se va a quedar sola”, piensa. Golpeado por el otro secuaz y sin escuchar lo que su inminente “asesino” le grita, comienza a sacarse la chaqueta, luego su polera y zapatillas y por último entrega su mochila.
Ahora debe venir el fin...pero no. Los asaltantes lo empujan a la quebrada, rueda entre piedras y tierra mientras cae. Ya liberado de sus casi verdugos, el asaltado comienza la huida. Entre una lluvia de piedras, Rodrigo corre desesperado, como recién despertando de una pesadilla.
Con nada más que unos pequeños cortes, moretones y un susto paralizador e inolvidable, Rodrigo llega a su casa. “¡Me asaltaron, me asaltaron!” es lo único que puede decir. A pesar del consuelo que su mamá le dio, no puede dormir durante toda esa noche. Por una semana mira a toda la gente que pasa cerca suyo como un posible asaltante, por una semana la sombra de esa noche no lo deja tranquilo. Así y todo, el fin de semana siguiente vuelve al carrete nocturno porteño y el asalto no es más que una excelente anécdota para los amigos.
Eran las 3.00 de la madrugada y la noche merecía una culminación más emocionante. Una botillería cercana, un par de cervezas, unos cigarros y cada uno para su casa. La noche no presentaba problemas para volver a sus hogares ya que la distancia entre la botillería y cada vivienda era corta. Un beso de despedida y en instantes los dos estarían durmiendo en sus confortables camas.
Rodrigo mira el camino que Andrea deberá atravesar para llegar a su casa. Dos hombres caminan en la dirección contraría, pero no parecen peligrosos. Pasan al lado de su amiga-amante y nada pasa. Tranquilamente toma el camino de regreso... “¿Me das un cigarro?” le grita uno de los hombres. Ya frente a frente e imposibilitado de negarse, Rodrigo, ingenuamente, empieza a sacar un cigarro. Con una rapidez profesional, el hombre saca un cuchillo y lo aprieta en contra de su abdomen.
La muerte es en lo único que la víctima piensa. Lleno de sangre y tirado en el suelo imagina su oscuro futuro. Mejor que todo terminara ahí. Pero los asaltantes no tienen la misma intención. Furioso sin razón, el hombre y su acompañante lo llevan hasta un callejón que termina en una quebrada. En contra de la pared pero ahora con el cuchillo en el cuello, Rodrigo no percibe nada y sigue imaginándose muerto. “Pobre mamá que se va a quedar sola”, piensa. Golpeado por el otro secuaz y sin escuchar lo que su inminente “asesino” le grita, comienza a sacarse la chaqueta, luego su polera y zapatillas y por último entrega su mochila.
Ahora debe venir el fin...pero no. Los asaltantes lo empujan a la quebrada, rueda entre piedras y tierra mientras cae. Ya liberado de sus casi verdugos, el asaltado comienza la huida. Entre una lluvia de piedras, Rodrigo corre desesperado, como recién despertando de una pesadilla.
Con nada más que unos pequeños cortes, moretones y un susto paralizador e inolvidable, Rodrigo llega a su casa. “¡Me asaltaron, me asaltaron!” es lo único que puede decir. A pesar del consuelo que su mamá le dio, no puede dormir durante toda esa noche. Por una semana mira a toda la gente que pasa cerca suyo como un posible asaltante, por una semana la sombra de esa noche no lo deja tranquilo. Así y todo, el fin de semana siguiente vuelve al carrete nocturno porteño y el asalto no es más que una excelente anécdota para los amigos.
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