Un día me dijeron que ser gay era decepcionante. Yo creo que es la zorra

lunes, 23 de junio de 2008

Más quE exTRAño

(Segunda entrega de un auténtico relato de terror. Al estimado lect@r una advertencia: ¡cuídese! A usted también le podría ocurrir)



Etapa II

Lo que podría haber sido un placentero y profundo sueño, sólo alcanzó para anhelo agresivo e intempestivamente interrumpido.

Abro los ojos a duras penas, veo luz de ampolleta, sudo, huelo, no estoy mareado, pero huelo y muy mal y mis dos convivientes, justo con las que no comparto ni pieza ni sangre, hablan y hablan algo que no entiendo. Lo que sí logro entender es que me hablan a mí y por eso me veo en la obligación moral y afectiva, porque el amor puede existir, de incorporarme a lo que parece ser una larga conversación.

Los temas sobran, mascarilla verde humectante, una duerme mientras el yo, el cuerpo, las coincidencias y el amor fluyen de las bocas al espacio intelectual compartido. Hermana no llega, conversación, diálogo y, finalmente, sueño. Es tanto el sueño que nos despedimos y cada uno, menos yo, regresa a su pieza y es aquí donde, a pesar o placer del lector, lo extraño comienza.

miércoles, 11 de junio de 2008

Más quE exTRAño

(Primera entrega de un auténtico relato de terror. Al estimado lect@r una advertencia: ¡cuídese! A usted también le podría ocurrir)
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Etapa I
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Llegué al departamento con todo el ánimo del mundo, en realidad todo el ánimo que un borracho de la cerveza siente luego de unas cuantas copas de más. Pero a pesar del patetismo, llegué al departamento feliz, muy feliz y obviamente quería compartir esa felicidad con alguna de mis rameras convivientes que, por lo demás, en este último tiempo han estado más rameras que de costumbre… cada vez me contestan y se enamoran más, parece que se emanciparon como diría Julia.

Volviendo a lo de feliz. Llego al departamento y en él se encuentra Cote/Pippy pero, a diferencia de lo que ocurría antaño, no me pregunta cómo me fue ni con quién estuve inmediatamente después de que mi mano cierra la puerta, sino mucho tiempo después, cuando ya nos encontrábamos conversando en la pieza junto a Fió. Muy extraño, para mí por lo menos… como si supiera que preguntándome también se contaminará de algo.

La jornada sigue con grabación de música para nuestro (o mío a estas alturas) evento de búsqueda de identidad programado para mañana, escucha y baile de esa música, la ingesta de una insignificante pero reponedora leche con café y la instalación en el incipiente living room del nuevo hogar, todo en un ambiente, por decirlo de alguna manera, encantador y feliz.

Ahí nos instalamos, probablemente con la idea y el proyecto de que somos una familia que comparte en ese sitio sus vivencias y espera el arribo de los demás integrantes del clan con una sonrisa amplia, olvidando que, en realidad, una prefiere quedarse en casa de sus amigas, y la otra pierde el metro por quedarse cultivando lo que podría ser su próximo amor.

De todas maneras, instalados para compartir quedamos. Todo hasta que suena el teléfono, maldito teléfono. Se trata del contradictorio y, por qué no admitirlo, rupturista nuevo novio. Por supuesto que la ramera conviviente, dominada por la fantasía y esperanza del veleidoso amor, acude a contestar encerrándose en su pieza por minutos que parecen horas, dejando al patético amigo solo.

Tal fue el vacío que sólo cabe la posibilidad del sueño. Y así fue, me acosté a dormir.

La Hora Muda

La hora muda, la hora de la nada. Momento de frío y escalofríos que recorren los cuerpos de los que quedan a este lado del misterio. Personas egoístas, incapaces de cualquier gesto de conciencia, incapaces de salir de sí mismos para agradecer el momento que alivió el dolor y el sufrimiento innecesarios.

Sí son egoístas, pero no los culpo. Más bien los envidio. Los envidio porque pueden sentir, olvidarse del deber y abrazar su débil humanidad.

Se supone que el dolor acabó. En realidad, nunca se acaba, sólo se esconde de manera hipócrita y reaparece cuando ponemos un poco de atención. Lo cierto e incuestionable –aunque ni yo esté seguro de aquello- es que ella no sufre… tal vez ni siquiera exista, pero de seguro ya no sufre.

Hay que ser comprensivo aunque amerite un poco de estupidez. A veces la estupidez ayuda. Estos hijos e hijas necesitan ayuda. Hablan afuera, hablan aquí dentro, hablan entre ellos, no se escuchan, pero siguen hablando. Caminan como zombies buscando esos instantes de antaño que los hicieron felices. Pero no más. Ahora queda el llanto explosivo, incoherente y espectacular de los inconclusos seres vivientes.