(Primera entrega de un auténtico relato de terror. Al estimado lect@r una advertencia: ¡cuídese! A usted también le podría ocurrir)
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Etapa I
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Llegué al departamento con todo el ánimo del mundo, en realidad todo el ánimo que un borracho de la cerveza siente luego de unas cuantas copas de más. Pero a pesar del patetismo, llegué al departamento feliz, muy feliz y obviamente quería compartir esa felicidad con alguna de mis rameras convivientes que, por lo demás, en este último tiempo han estado más rameras que de costumbre… cada vez me contestan y se enamoran más, parece que se emanciparon como diría Julia.
Volviendo a lo de feliz. Llego al departamento y en él se encuentra Cote/Pippy pero, a diferencia de lo que ocurría antaño, no me pregunta cómo me fue ni con quién estuve inmediatamente después de que mi mano cierra la puerta, sino mucho tiempo después, cuando ya nos encontrábamos conversando en la pieza junto a Fió. Muy extraño, para mí por lo menos… como si supiera que preguntándome también se contaminará de algo.
La jornada sigue con grabación de música para nuestro (o mío a estas alturas) evento de búsqueda de identidad programado para mañana, escucha y baile de esa música, la ingesta de una insignificante pero reponedora leche con café y la instalación en el incipiente living room del nuevo hogar, todo en un ambiente, por decirlo de alguna manera, encantador y feliz.
Ahí nos instalamos, probablemente con la idea y el proyecto de que somos una familia que comparte en ese sitio sus vivencias y espera el arribo de los demás integrantes del clan con una sonrisa amplia, olvidando que, en realidad, una prefiere quedarse en casa de sus amigas, y la otra pierde el metro por quedarse cultivando lo que podría ser su próximo amor.
De todas maneras, instalados para compartir quedamos. Todo hasta que suena el teléfono, maldito teléfono. Se trata del contradictorio y, por qué no admitirlo, rupturista nuevo novio. Por supuesto que la ramera conviviente, dominada por la fantasía y esperanza del veleidoso amor, acude a contestar encerrándose en su pieza por minutos que parecen horas, dejando al patético amigo solo.
Tal fue el vacío que sólo cabe la posibilidad del sueño. Y así fue, me acosté a dormir.
Volviendo a lo de feliz. Llego al departamento y en él se encuentra Cote/Pippy pero, a diferencia de lo que ocurría antaño, no me pregunta cómo me fue ni con quién estuve inmediatamente después de que mi mano cierra la puerta, sino mucho tiempo después, cuando ya nos encontrábamos conversando en la pieza junto a Fió. Muy extraño, para mí por lo menos… como si supiera que preguntándome también se contaminará de algo.
La jornada sigue con grabación de música para nuestro (o mío a estas alturas) evento de búsqueda de identidad programado para mañana, escucha y baile de esa música, la ingesta de una insignificante pero reponedora leche con café y la instalación en el incipiente living room del nuevo hogar, todo en un ambiente, por decirlo de alguna manera, encantador y feliz.
Ahí nos instalamos, probablemente con la idea y el proyecto de que somos una familia que comparte en ese sitio sus vivencias y espera el arribo de los demás integrantes del clan con una sonrisa amplia, olvidando que, en realidad, una prefiere quedarse en casa de sus amigas, y la otra pierde el metro por quedarse cultivando lo que podría ser su próximo amor.
De todas maneras, instalados para compartir quedamos. Todo hasta que suena el teléfono, maldito teléfono. Se trata del contradictorio y, por qué no admitirlo, rupturista nuevo novio. Por supuesto que la ramera conviviente, dominada por la fantasía y esperanza del veleidoso amor, acude a contestar encerrándose en su pieza por minutos que parecen horas, dejando al patético amigo solo.
Tal fue el vacío que sólo cabe la posibilidad del sueño. Y así fue, me acosté a dormir.
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